Historia

El diablo que conocemos: explorando la fascinación de la literatura por Satanás

Escrito por Tom | 1 de octubre de 2020

Tanto si te interesa la teología como si no, probablemente has oído hablar del demonio. Una manifestación del mal que toma formas y nombres diferentes en función de la cultura desde la que se mire, el diablo es visto como el archivillano de la historia. Y aun así, las fuerzas creativas del mundo se han fijado en él durante mucho tiempo para inspirarse y a veces para darse un respiro. Ya sea Lucifer, Belcebú o Satanás, la literatura ha definido los matices y complejidad del mal e incluso ha encontrado liberación en ello, tal como explica nuestro experto en libros Mark Harrison.


Un ángel de luz, una figura con cuernos y pezuñas, una cabra, alguien que se parece a ti. 


Estas son solo algunas de las formas en las que se ha ideado el diablo, muchas de las cuales son cortesía de la literatura, tanto clásica como contemporánea. Y esto sin mencionar los numerosos temas que permitimos que el diablo represente: engaño, pecado. Con el tiempo, los escritores han reinventado y revitalizado al llamado Padre de las Mentiras. Pero ¿por qué? 



El diablo se asoció por primera vez con las cabras en la parábola de las ovejas y las cabras, como se indica en Mateo 25:31–46

‘A todo el mundo le gustan los chicos malos’, dice Mark. ‘Supongo que el mal siempre ha sido más interesante que el bien. Aunque la mayoría de la gente aspira a ser ligeramente buena, la noción de caos y de temeridad es más emocionante’. 


Y si el propósito de la literatura es captar la atención y seducir, entonces hay poca cosa más cautivadora que algo que representa lo prohibido. Maximilian Rudwin escribe en The Devil in Literature:


El Demonio nunca ha fallado a la hora de fascinar... Es una fuente eterna de pathos y poesía, un poder perenne por su interés, inspiración y logros... Tanto si estamos o no a favor de la creencia en la entidad espiritual del diablo aparte de la humana, siempre mostramos un profundo interés por sus encarnaciones literarias. Podría asumirse que todos los hombres y mujeres inteligentes, creyentes y escépticos, tienen una opinión unánime sobre a la aptitud del demonio como personaje ficticio... sin el diablo, simplemente no habría literatura. 


Inicios bíblicos


Aunque a menudo asociamos al diablo con la Biblia, únicamente aparece brevemente en ella y se da a conocer por primera vez en el Antiguo Testamento. ‘Satanás y el diablo no se unieron como una misma figura hasta más tarde’, explica Mark. ‘Satanás' apareció al principio del Antiguo Testamento (la Torá) como subordinado a Yahvé, y su función era poner a prueba la fe del pueblo. Era más como un agente de Dios. No sería hasta más tarde que se asociaría a Satanás con conducir a la gente hacia el mal’. 


Lucifer de Gustav Doré. Wikimedia Commons

Pero cuando el diablo apareció en la Biblia, sus fechorías ya habían empezado a tomar forma. ‘Si bien su propósito inicial era poner a prueba la fe de las gentes en el Nuevo Testamento, más tarde su función fue la de tentar a las personas y alejarlas de Dios. También ocasionalmente poseía a personas y causaba peste o enfermedades.  Eventualmente, en el Libro del Apocalipsis, escrito aproximadamente 100 años después de la muerte de Cristo, se convertía en el gobernante del mundo maligno en los 1000 años anteriores al regreso de Cristo. En este punto se vio como la raíz de todo mal en el mundo’. 


La evolución literaria de Lucifer


La figura completamente amenazante y desesperanzadora que se supone que el Diablo tenía que representar consiguió ofrecer una dosis saludable de alivio cómico en la época medieval. Al fin y al cabo, el mal se ve mucho menos intimidante cuando la realidad es ya terrible. ‘[Ver a Satanás como una figura cómica] era en parte una reacción a las condiciones de vida en esa época –bueno, ¡plagas y muerte!. La gente necesitaba algo de lo que reírse’ explica Mark. ‘Las obras medievales sobre misterios tenían un contenido bastante duro (vida, muerte, salvación o condenación eternas), de modo que entremedias se necesitaba algo ligero. Y el diablo lo facilitaba. El diablo no era ni tan importante ni tan terrorífico en la literatura medieval temprana. Fue más tarde, con la brujería y las posesiones demoníacas, cuando se convertiría en un eje de mal más significativo’.



Paradise Lost ilustrado por Gustav Doré. Wikimedia Commons. 

Se puede decir que el avance literario del demonio llegó de la mano de dos de las figuras literarias más célebres de la historia: Dante Alighieri y John Milton. Pero mientras que el poema épico de Dante, Inferno, se preocupa más por el Infierno, el mundo de Satanás, el Lucifer de Milton proporcionaba a los lectores una primera visión del diablo como figura redentora.


‘El Inferno de Dante era una alegoría para observar todas las diferentes formas en las que la sociedad pecaba y era imperfecta’, cuenta Mark. En Paradise Lost de Milton la idea del favorito de Dios que se destruyó por su defecto fatal es similar a la de muchos héroes en la literatura griega. La idea del antihéroe es muy clásica, así que Milton la aprovechó en buena medida’. 


Un símbolo de rebelión, liberación y humanidad


Dante y Milton no han sido los únicos grandes de la literatura que se han fijado en el diablo: William Blake usó a Lucifer como símbolo de rebelión, mientras que el Doctor Faustus de Marlowe examina la cuestión de la liberación frente a la perdición. Su capacidad para representar una variedad de causas explica por qué era tan popular en unos momentos en los que la tradición cristiana dominaba en Occidente. En un mundo absolutista, todo lo que no estuviera a favor de los cristianos estaba en contra, y casi siempre era obra del diablo. Esta capacidad para convertirse en portavoz y mecenas de otros dio a los escritores y a la gente la oportunidad de expresarse y de hacerlo de una forma justificada. 


El diablo se convirtió en una vía para hacer críticas veladas contra las instituciones gobernantes de la época. Wikimedia 


‘El diablo se empleaba a menudo como una manera de hacer críticas sociales o políticas y declaraciones blasfemas, en un momento en que era probable que tales críticas comportaran meterse en muchos problemas. Por ejemplo, si decías que los reyes debían ser castigados por el desgobierno, te metías en muchos problemas. Pero si era el diablo quien lo decía, entonces te salías con la tuya’. 


Los expertos han argumentado, por ejemplo, que el Lucifer de Milton y su rebelión contra Dios se empleó como un medio para criticar el poder arrollador del monarca, presentándolo como un enviado a favor del republicanismo. Si estos puntos de vista eran tabú en ese momento para Milton, Lucifer le permitió sacarlos a la luz; representando el coro silenciado de voces que era la voluntad del pueblo. El filósofo William Goodwin amplía esta idea en An Enquiry Concerning Political Justice


Pero ¿por qué se rebeló contra su creador? Fue... porque no veía un motivo suficiente para tal extrema desigualdad de rango y poder, que había asumido el creador. Llevaba su tormento con fortaleza porque desdeñaba ser sometido por un poder despótico. 


Más allá de la rebelión, el diablo en la literatura ha sido una manera de liberar voces y, en última instancia, cuestionar lo que significa ser bueno y humano. Como señala Robin Kirkpatrick en su introducción a Inferno: ‘El mal no es un principio que existe a sí mismo; solamente existe como una silueta de la bondad’. 



El demonio en la literatura tiene defectos, fascina y es complejo. Wikimedia Commons.

Quizá es aquí donde reside la fascinación. Cuando se trata de tradición teológica, es mucho más fácil identificarse con un ángel caído con defectos que con una deidad todopoderosa y omnisciente. Los lectores ven parte de sí en el personaje y se sienten atraídos por él.


Si hay algo que la literatura nos dice, es que a través del mal aprendemos sobre la adversidad de la condición humana. Y con el demonio aprendemos a hacerle frente. 

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